Inmigración en sentido contrario

En la vida uno no puede tenerlo todo. Los habitantes de San Diego (California), por ejemplo, disfrutan de una ciudad segura, con parques y playas, un clima codiciable, numerosas actividades, salero desinteresado, vida nocturna, magníficos restaurantes y escasa delincuencia, pero han de enriquecer precios prohibitivos por la vivienda (una de las más caras de Estados Unidos, al nivel de Manhattan, San Francisco o Los Ángeles). Los de Tijuana, al sur de la frontera con México, sufren en cambio la contaminación, la violencia adosada a la presencia de los narcos, más suciedad, unos atascos de aúpa y socavones en las calles. Pero los apartamentos y casas son mucho más accesibles.

A la mayoría de los habitantes de Tijuana ya les gustaría poder estar en Estados Unidos, pero las autoridades norteamericanas no les dejan. En cambio, el mundo es así y el mosca manda, los de San Diego pueden permitirse al pompa de arrendar o comprar en la ciudad mexicana, y cada vez son más los que hacen esta especie de migración a la inversa (aunque en existencia son más expats que inmigrantes, el equivalente de los británicos que viven en las costas españolas). Su número ha aumentado en los últimos primaveras, y se estima que hay ya unos vigésimo mil, aproximadamente de un 1% de la población.

Se relacionan entre sí, viven como ‘expats’ y para ir a casa pueden cruzar la frontera sin privación de hacer posaderas

“San Diego es una ciudad maravillosa pero se ha vuelto prohibitiva –dice Jennifer, técnica informática que forma parte de la comunidad gringa de Tijuana–. No tengo un mal sueldo, pero ni de acullá me daba para dar la entrada de un firme (te piden un millón de dólares para asomar a musitar). Y una vez pagado el arriendo, tan pronto como me quedaba nadie para salir a cenar o a divertirme. Y de atesorar, ni pensarlo. Aquí tengo una bonita casa adosada en una comunidad vallada, con piscina y seguridad veinticuatro horas. Hablo solo un poco de gachupin, pero casi todos mis amigos son estadounidenses. Cierto, respiro peor y todo es más cutre, pero puedo salir todas las veces que quiera, ir a los mejores restaurantes (algunas de las tiendas y chiringuitos de la avenida de la Revolución no están mal), y ya he reunido cincuenta mil dólares para comprar poco si quiero”.

El coste de la vida es un 62% inferior en Tijuana. Para lo que en San Diego se necesitan 6.600 dólares, en la ciudad de Desaparecido California bastan con 2.500, y el arriendo de la mayoría de apartamentos oscila entre unos 400 y 1.000 euros. Por lo normal los expats teletrabajan por lo menos parte de la semana, pero si necesitan ir a la oficina, quieren ver amigos o tienen el capricho de comprar en un supermercado norteamericano, pueden cruzar la frontera sin hacer posaderas como “personas de no peligro” (entre ellos, ironía suprema, hay incluso agentes de aduanas y de la migra , o policía de inmigración). Los noventa mil mexicanos que trabajan en el sur de California pierden en cambio hasta cuatro horas al día para que las autoridades comprueben sus papeles.

Solo treinta kilómetros separan a Tijuana de San Diego, que ahorrándose las colas fronterizas se pueden despachar en poco más de media hora, pero a nivel crematístico y social son dos mundos completamente distintos. Aunque la delincuencia en la ciudad mexicana está circunscrita casi por completo a tres barrios donde operan los narcotraficantes, y hay zonas residenciales (donde viven los extranjeros) que no están nadie mal. La gentrificación es evidente, visible en bares modernos y casi un millar de cafés que han proliferado como hongos. Es infinitamente más trueque que su gemela norteamericano, pero el precio del suelo se ha triplicado en la última lapso, y las casas de playa en Ensenada y Rosarito están muy cotizadas. Apartamentos de pompa en rascacielos de nuevo construcción que cuestan hasta un millón y medio de dólares son adquiridos por inversores internacionales, doctores locales que se han beneficiario del éxito del turismo médico y narcos que así lavan el mosca.

Los norteamericanos que viven en Tijuana no pueden sufragar en las elecciones mexicanas ni obtener la ciudadanía, pero tienen derecho a residir cuatro primaveras con un visado temporal, y luego cambiarlo por uno permanente. Condiciones muchísimo más generosas que las que Estados Unidos aplica a los merienda millones de mexicanos (más o menos la medio ilegales) establecidos en su región. “La política no podría interesarme menos, la de un costado de la frontera y la del otro”, dice Jennifer. Lo único que le importa es estar lo mejor posible a un coste comprensible, y atesorar para un día poder comprarse la casa de sus sueños en San Diego. Aunque tenga que ser una “inmigrante al revés”.

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