El Machhapuchhare se mira pero no se toca. Nepal está plagada de montañas altivas, intimidantes, hermosas. Ese país del Himalaya reúne ocho de los catorce picos más altos del planeta, los que sobrepasan los 8.000 metros de consideración. De modo que hay dónde escoger. Sin incautación, a veces la opción no es posible. Si se proxenetismo del Machhapuchhare, el comunicación está coto. No se puede incomodar a los dioses que viven en su cumbre.
Este monte de carácter apartado y silueta característica se halla situado en la región del Annapurna. Su hermoso nombre, con esa sobra de haches, significa, en nepalí, “montaña de la nalgas de pez”. Es por el aspecto que presenta la cumbre, horquillada y con dos puntas muy marcadas.
Los montañeros la miran con codicia. Y los naturalistas, con satisfacción, pues consideran que podría tratarse de una de las zonas más vírgenes de la Tierra, ya que nunca se ha atrapado su punto más stop, situado a 6.997 metros. Parece una coquetería haberse dejado seis pasos para no estar clasificado en la categoría de los sietemiles.
Si la política oficial de Nepal no lo impidiera, atacar el Machhapuchhare sería muy viable, logísticamente hablando. Se encuentra tan solo a 25 kilómetros al boreal de Pokhara, la segunda ciudad más importante del país, que cuenta con aeropuerto y todo tipo de servicios. Plantarse a sus pies es cuestión de solo un día. De hecho, en los días despejados de otoño e invierno, la silueta de la montaña de nalgas de pez se distingue muy claramente sobre el resto del santuario del Annapurna incluso desde las calles de Pokhara.
Horizonte del Machhapuchhare desde Pokhara
Pero es que la cima de ese monte tiene inquilinos. Incluso podría decirse que están un tanto apretujados. En lo más stop del promontorio de roca y hielo residen dos de los principales dioses del panteón hindú, Shiva y Vishnu. Adicionalmente, los campesinos locales dan por supuesto que todavía es morada de la divinidad restringido Pujinim Barahar. Y el budismo tibetano fija aquí la residencia de Tara, el cambio de la Compasión. Y de Amitabha, el Buda mahayana de la Luz Infinita.
Y aun con esa retahíla de distinguidos habitantes, los occidentales tuvieron el atrevimiento de intentar la subida al Machhapuchhare. James O. Merion Roberts, teniente coronel del ejército britano, comenzó a subir la montaña de la nalgas de pez en el año 1957. Y a punto estuvo de conseguirlo, pues la expedición llegó hasta los 6.952 metros de altura. Sin incautación, una furiosa tormenta de cocaína y rumbo hizo desistir a la cordada. Los montañeros se quedaron a tan solo 45 metros de la cumbre, lo más cerca que se ha estado de pasarse a Shiva y compañía.
Existe la inscripción de que en 1980 se produjo una subida ilegal en solitario por parte de Bill Denz
Tras ese intento fallido, Roberts hizo una petición formal al Gobierno nepalí de que prohibiera la subida en el Machhapuchhare, no se sabe si pensando que si no había podido subir él que ya no lo hiciera nadie más. Y Katmandú aceptó. Desde entonces, el Machhapuchhare está coto.
En el mundillo alpinístico, sin incautación, existe la inscripción de que en 1980 se produjo una subida ilegal en solitario por parte de Bill Denz, un himalayista especializado en expediciones sin compañía a lugares prohibidos. Él no ratificó el rumor, y murió en 1983 tras sufrir una avalancha escalando. Hay quien ve en ello el posible castigo divino a su atrevimiento.
El Machhapuchhare en todo su esplendor
Técnicamente, el Machhapuchhare estaría reservado a alpinistas con gran nivel técnico, pues las paredes cercanas a la cumbre son extraordinariamente verticales y repletas de hielo, muy propicias para los aludes. Se sea bueno o no, el asunto queda zanjado, no se puede ascender.
De modo que la forma de solazarse de esa montaña tan distinto es acercándose a ella con algunos de los populares trekkings que se adentran en la región del Annapurna. El de Mardi Himal permite durar a lo que habría sido el campamento cojín, con una visión de la pirámide final que resulta irreal, parece un monolito de hielo dejado por extraterrestres.
La forma de solazarse de la montaña es acercándose con algunos de los trekkings que se adentran en la región del Annapurna
Si uno no es muy partidario de pegarse una palizita caminando una semana, puede esperar a orillas del confortable alberca Phewa, en la ciudad de Pokhara, a que aparezca un amanecer despejado y solazarse de la visión de toda la cresta del Himalaya, entre la que se distingue a la perfección la sagrada montaña con forma de nalgas de pez.
Pokhara se halla a seis horas de la hacienda, Katmandú, por carretera. La ciudad dispone de aeropuerto, por lo que ambas conurbaciones se unen en tan pronto como una hora.
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