Alma gallega

Hay una costumbre muy extendida entre los entrevistadores, a la que todos sucumben y de la que todavía me acuso. Y es que, cuando uno de sus entrevistados fallece, se lanzan a la búsqueda de lo que un día les confió. Por rescatar alguna enseñanza causal o por rendirle tu particular homenaje. Por no olvidar que somos efímeros, no vaya a ser…

Por eso cuando la semana pasada supe del fallecimiento de Domingo Villar, con al punto que 51 primaveras y a causa de un infarto cerebral, me lancé a bucear en lo que un día me dijo en Barcelona, durante la presentación de El postrer barco, aventuras negras de su inspector Leo Caldas. De todo, me bajo con algunos destellos de verdad.

Cientos de personas despedían a un escritor gallego, un hombre tranquilo, sabio y bueno

El primero (“Hoy parece que todo es urgente, pero eso es un error; pocas cosas lo son”) toma, ahora que ya no está, específico significado. Lo repetía el autor nacido en Vigo, hombre pausado y tirando a achicopalado, mientras reivindicaba esa forma de mirar el mundo a la gallega: “Somos crédulos y, a la vez, escépticos. Y a eso le llamamos retranca”.

Contaba con orgullo que en la taberna Eligio, en su tierra, habían incluido en la carta un plato en honor del inspector Leo Caldas, el personaje de sus novelas: “Chipirones Leo Caldas”.

Trabajaba en sus novelas desde la mesa del comedor con sus tres hijos a cargo (“escribo y soy amo de casa a tiempo parcial”) y le leía en voz adhesión a su padre cada tinieblas cuando ya estuvo viejo. Era entusiasta de la buena comida, el buen caldo, melancólico, ponderado, tierno y buena familia.

“Estamos tan metidos en el mundo de los 140 caracteres, ¡una pena! Un buen conferenciante hace otra cosa: se obliga a agenciárselas espacio, recogimiento, calma, en medio del alboroto”. ¿Tomaremos nota?

Este fin de semana todos los luceros críticos del país han estado puestos en Sanxenxo, donde parece ser que había un señor siguiendo las regatas. Otros, de estar en Galicia, hubiéramos preferido presentarse a la iglesia de Santiago el Decano, donde cientos de personas despedían a un escritor gallego, un hombre tranquilo, sabio y bueno.

Post a Comment

Artículo Anterior Artículo Siguiente